Por fin he aprendido a CONFIAR. Y no hablo sólo de hacerlo en las personas, sino en la vida en general.

He aprendido que toda desgracia esconde un gran regalo. Y que cuanto antes lo descubra, antes cesará el sufrimiento .

He aprendido que no tenemos defectos, sino muchas heridas emocionales que nos hacen reaccionar. Que a cada cuál le toca lidiar con alguna o con varias. Que es decisión personal trabajar esa reacción para que deje de dominarte, o echar la culpa de tu sufrimiento al comportamiento de los demás.

He aprendido a ver la perfección de cada uno, incluso la mía. Que el otro no esté en mi escala de valores no significa que sea imperfecto o yo lo sea para los demás. En este gran puzle de la vida, cada pieza es perfecta tal cuál es. Si la cambias, la figura entera cambia contigo.

He aprendido que mis valores, son sólo eso, míos. No tienen que ser de nadie más. Ni nadie tiene que ver la vida como la veo yo. Y que tengo el derecho a no verla ni querer verla como el resto.

He aprendido a quedarme con lo bueno que me da cada persona y ver lo que no me gusta como situaciones que se repiten en mi vida, desde siempre, hasta que consiga vivirlas de otra manera. Desde mi grandeza, y no desde la pequeñez de la víctima que sufre esa experiencia en lugar de experimentar una manifestación de la vida, hermosa de todas formas.

He aprendido que las personas cuanto más sufren de pequeñas, son más sensibles y exquisitas, pero también su reacción al dolor es mayor y a veces desproporcionada. Va en relación al tamaño de su herida y a su trabajo interno.

He aprendido que si busco el sentido de cada experiencia, ésta se convierte en un enorme peldaño de crecimiento.

He aprendido que no tengo que defenderme de nada ni de nadie. Que no es necesario luchar por mantener a quienes quieres o deseas a tu lado, porque siempre se van los que ya no necesitas en ese momento, aunque vuelvan más tarde o no lo hagan nunca. Y que aparecen o te reencuentras con aquellos con los que sí debes estar ahora.

He aprendido que no cuesta tanto pedir perdón, que sienta muy bien liberarse del rencor y que dar las gracias es el mejor ejercicio de felicidad. Que cuando todo esto lo haces de corazón, aunque no lo expreses, los demás lo notan.

He aprendido que las máscaras se caen tarde o temprano y que es un gran esfuerzo mantenerlas. El costo es tan elevado que resulta más productivo ir a pecho descubierto, aunque a veces por el miedo a sufrir o a perder intentemos sacar la armadura del armario.

He aprendido que desde pequeños trazamos el mapa de nuestra vida. Y que sólo viviendo vamos recorriendo lo que un día proyectamos.

He aprendido que la vida la creamos a cada instante, con nuestros pensamientos, palabras, decisiones, reacciones…pero que no se puede planear. Sólo “darse cuenta” de que la estamos viviendo según nuestros sueños. A veces son pesadillas negras y profundas, pero nuestras.

He aprendido que incluso nuestras dolencias, enfermedades o aspecto físico, los necesitamos para expresar quienes somos y poder dar al mundo la gran variedad que formamos como Humanidad. Y es un magnífico regalo poder hacerlo, incluso con las limitaciones que tengamos.

He aprendido que cada uno atrae las circunstancias que necesita experimentar a su vida. Y que la gran pregunta no es ¿por qué? Sino ¿para qué? Y que la respuesta sino se siente no puede pensarse.

Que para sanar, en cualquier aspecto, hay que comprender. Y que si comprendes, la enfermedad es lo de menos. Sólo era el camino de la rendición.

Y que la rendición es, a su vez, el camino de la paz.

Y he aprendido que si estoy en paz es gracias a confiar, en que me guste o no, TODO ES PERFECTO TAL Y COMO ES.